Me quejo porque es gratis. Dije por ahí que no lo iba a hacer, pero no me puedo aguantar y por algún lado tenía que salir.
El viernes pasado se festejó año nuevo judío. Clásico de clásicos, por vez número 5767, la gente se reúne a conmemorar la inauguración de un nuevo calendario (alguien vió alguna vez, en todos estos años, algún calendario judío?). Yo tampoco, pero motivado por este post guglié uno (
vean). Bastante increíble, no? El primer mes tiene nombre de conocida marca de auto japonés (Ahora tendré que investigar si el dueño de tal compañía es de la ‘cole’).
Pero no me puedo detener a escribir sobre el calendario y sus peculiaridades. Volviendo al tema que me atañe, el viernes la familia se juntó, una vez más, como siempre, en casa de mis padres. Mi madre es la persona que se encarga de la organización, de la invitación, de la manufacturación, y todo lo que sea referente al encuentro. Mi familia no es de las religiosas, pero mi madre cree en las tradiciones, y eso lo valoro. Si no fuera por ella, lo único que haría que toda la familia se reúna puntualmente y sin falta serían los cumpleaños y el 31 de diciembre.
Mi problema es que la rutina ha hecho que estas reuniones me provoquen, generalmente, un gran aburrimiento. Ya está todo guionado y las cosas se suceden sin la menor sorpresa encadenadas una detrás de la otra. La gente llega, se queda cerca de la cocina, mi madre les pide que pasen al living para que ella pueda seguir preparando la comida, alguien destapa el vino o el champagne, mi abuelo, mi tío y mi tía se ponen a tomar, me ofecen una copa, les digo que no, mis abuelos me preguntan cómo estoy y qué estoy haciendo, les contesto que estoy bien, haciendo ‘cositas’, vuelvo a la cocina y me pongo a leer el Espectáculos de Clarín, mi padre me pregunta si me pasa algo, le contesto que no, mi madre llama a sentarse a la mesa, la gente se divide en mesa de grandes y mesa de chicos, yo elijo la de los chicos, junto a mi hermano de 28 años, la novia, mis primos y primas menores, y algún grande que prefiere sentarse con los chicos. Y empiezan a llegar los platos.
Lo mejor que sucede en estas reuniones es la comida. Mi madre prepara un manjar de diversos platos tradicionales entre los que se encuentran (paso a escribir el nombre de los platos fonéticamente dada mi poca cultura culinaria judaica): el pescado (guefilte-fish), sopa de pelotitas (kneilalaj), knishes (nishes), pollo (poyo) y farfahlah (farfalaj). La gente come, en la mesa de grandes se habla de política o noticias recientes, en la de los chicos de algo de la televisión o música o bombardeo de preguntas a los menores sobre el colegio o la facultad. Después vendrá el postre, cocinado también por mi madre, que compite en calidad con la comida, y las mesas se desarticulan y cada uno hace lo que le da la gana mientras tenga un plato de dulce en la mano. Algún café y posterior despedida en masa.
Debo aclarar que con la partida de mi hermano menor y mi primo, de similar edad que él, las cosas se han inclinado más aún hacia el tedio. Aliados en la causa en contra de la abulia, la lucha los encuentra momentáneamente lejos del campo de batalla, en distantes continentes, esperando su vuelta para la contienda mayor: el 31 de diciembre.
Una y otra vez suceden las mismas cosas, los mismos diálogos, la misma comida, los mismos tiempos. La historia se repite y cada vez soporto menos tener que ir a este tipo de acontecimientos. Pero siempre voy, nunca falto, y termino con la panza llena, las novedades al día, y sin tener que arrepentirme de haberme ausentado.